Conmemoramos el Ciento Sesenta y Seis aniversario de
la Erección del Municipio de Almoloya del Río.
El veintiséis de marzo de Mil
Ochocientos Cuarenta y Siete, en su decreto número treinta y cuatro de ese año,
El Congreso del Estado de México, dispuso lo siguiente:
“Art. 1º.- Se erige en Municipalidad la
que antes era comarca de Almoloya del Río, en el Partido de Tenango, y se
compondrá de dicho pueblo, de San Mateo Texcalyacac, San Pedro Techuchulco y
Santa Cruz Atizapán, siendo la cabecera el Primero.
Artículo 2º.- El Gobierno cuidará que
se elija Ayuntamiento conforme a la Ley de la Materia, y de todo lo demás que
sea conducente al total arreglo de la nueva Municipalidad.
Lo tendrá entendido el Gobernador del
Estado, haciendo que se publique y se cumpla. Dado en Toluca, a 26 de marzo de
1847.- José del Villar y Bocanegra, Diputado Presidente.- Mariano Arizcorreta,
Diputado Secretario.- Eulalio Barrera, Diputado Secretario”.
El Gobernador Francisco
Modesto de Olaguíbel, publicó ese Decreto y, a través de la Secretaría General
de Gobierno proveyó su exacta observancia.
En Mil Ochocientos Sesenta y
Seis fue erigido el Municipio de Texcalyacac; en Mil Ochocientos Setenta el
Municipio de Santa Cruz Atizapán; y posteriormente fue desprendido San Pedro
Techuchulco que pasó a formar parte del Municipio de Texcalyacac, quedando
desde entonces el Municipio de Almoloya del Río, compuesto únicamente por
nuestro Pueblo.
El eminente Arqueólogo Román
Piña Chan, en su obra “El Estado de México Antes de la Conquista”, sostiene que
una de las características de los primeros asentamientos humanos en nuestra
región, era que se localizaban en lugares ricos en plantas y productos agrícolas
para garantizar su subsistencia; da cuenta en su trabajo, que en Almoloya del
Río fueron halladas figurillas olmecas y olmecoides, así como figuras al
pastillaje, por lo que incluye a nuestro pueblo dentro de las primeras
comunidades sedentarias que aparecen en el Estado de México, lo que ocurriría
alrededor de dos mil años antes de nuestra era.
“Frente por frente, en una
altura, el caserío de Almoloya contemplando desde abierto balcón el dilatado
espejo que brinda al cielo una laguna. Numerosas fuentes –nueve muy
principales- brotan al pie de la colina, con alegre murmullo derraman el grueso
de su caudal sobre la depresión que la tierra les ofrece: extenso vaso, cuna de
naciente río, que, más adelante, ya en propio cauce, habrá de recorrer por mas
de doscientas leguas a través de praderas, gargantas y collados, para, al fin,
dar en el mar. Manso discurrir, alborozado a veces, añorando quizá, el maternal
regazo: el diario milagro del alegre despertar.
El cielo tocándose al espejo,
los sauces, en las orillas, peinando los remansos, en la fronda el alboroto sin
par de los gorriones, en los juncares el cuchicheo de las acuáticas: ánades,
gallaretas, agachonas…
Luminoso transcurrir de la
mañana. Sobre la aparente inmovilidad de las aguas, el lento deslizarse de
rústica embarcación colmada de verdura. En el hondo silencio el gotear
acompasado de la pértiga o, por los charcos, el chapoteo de una rana. El viento
de la siesta murmurando entre las cañas. A veces, en majestuoso descenso, rasgando
el azul, una garza. Y, por tiempos, en el sereno atardecer, las interminables
formaciones de patos silvestres que, desde regiones árticas, llegan en busca de
invernal abrigo. Más tarde, millares de estrellas esperando en el alinde,
temblorosas, el advenimiento del nuevo día”.
En ese paradisiaco escenario
magistralmente descrito por el ilustre Adam Rubalcava, en su obra: “Un Río que
ya no dará en la mar”, fundaron nuestros padres éste Almoloya del Río.
Estuvimos vinculados a
Xalatlaco en la época prehispánica, a Metepec en la época colonial y a
Tianguistenco en los primeros años del México independiente.
Nuestra historia está en las
tradiciones. En la tradición oral que escuchamos como fábulas de nuestras
abuelas y abuelos en torno del clecuil, o en el misticismo que nos infundieron
hablándonos del milagro de la vida al sembrar la tierra o cosechar el maíz; o
en la añoranza que delatada en su voz al describirnos las delicias
gastronómicas que les prodigaban las aguas de nuestros manantiales y que ya no
disfrutamos.
En las tradiciones que
conservan nuestras mujeres al bordar en punto de cruz –ahora hermosas prendas
de vestir-, y en otro tiempo chincuetes y ceñidores; en los cuatro locos, los
moros, los arrieros, la promesa, el baile del toro y los locos en nuestras ferias.
En el recuerdo cada ocho de
mayo de la llegada de San Miguel Arcángel, y desde luego, en cada festividad
religiosa y en cada ceremonia cívica.
Cada persona es una historia.
Historia personal, historia familiar, historia generacional. Por eso Almoloya
del Río tiene tantas historias y tantos rostros, tantos recuerdos y tantas
voces.
Cada generación de
almoloyenses ha hecho historia; ha dado testimonio de su amor por nuestra
tierra; ha empeñado su esfuerzo por lograr un mejor Almoloya para sus descendientes.
La nuestra es una comunidad
con una larga tradición democrática. Aún recuerdo las asambleas generales en
las que como auténticos ciudadanos, se discutía, se debatía, con respeto y
tolerancia, y al final, se adoptaba y respetaba la decisión de la mayoría.
La unidad, la armonía, el
respeto, la tolerancia, la solidaridad, el trabajo comunitario y el amor por
nuestro entrañable Almoloya del Río, han sido los elementos que a cada
generación, nos ha permitido aportar nuestra cuota para edificar el Almoloya de
nuestros días.
A los ciento sesenta y seis
años de vida institucional de nuestro Municipio, vale la pena reconocer lo
mucho que hemos avanzada, pero también, los retos que tiene la comunidad
actual.
Pensar en grande y hacer en
grande como plantea el Gobernador Eruviel Ávila, tiene que ver en el enorme
reto de lograr condiciones de alimentación, educación, salud, trabajo,
seguridad y bienestar para cada mexiquense, para cada almoloyense.
Hemos dejado de ser el
pequeño pueblo en que crecimos muchos de nosotros, para convertirnos en una
comunidad más compleja y diversa; por eso es mayor el reto de nuestras actuales
autoridades y de la propia comunidad. Así como el influjo bienhechor del
trabajo aprendido y transmitido por Don Benigno Reyes, brindó a nuestros
paisanos la oportunidad de encontrar nuevos horizontes ante la pérdida de la
Laguna de Chignahuapan, hoy tenemos que renovar la solidaridad y reaprender que
en la unidad, el respeto y el trabajo está la base de la historia que nos toca
escribir.
La historia es maestra de
vida. Nos enseña de lo que los seres humanos somos capaces, y nos permite
advertir los errores del pasado para que los evitemos.
Cada persona es una historia.
Historia personal, historia familiar, historia generacional. Escribamos la
historia que nos corresponde.
