martes, 26 de marzo de 2013

Almoloya del Río. 166 Aniversario como Municipio



Conmemoramos el Ciento Sesenta y Seis aniversario de la Erección del Municipio de Almoloya del Río.

El veintiséis de marzo de Mil Ochocientos Cuarenta y Siete, en su decreto número treinta y cuatro de ese año, El Congreso del Estado de México, dispuso lo siguiente:

“Art. 1º.- Se erige en Municipalidad la que antes era comarca de Almoloya del Río, en el Partido de Tenango, y se compondrá de dicho pueblo, de San Mateo Texcalyacac, San Pedro Techuchulco y Santa Cruz Atizapán, siendo la cabecera el Primero.
Artículo 2º.- El Gobierno cuidará que se elija Ayuntamiento conforme a la Ley de la Materia, y de todo lo demás que sea conducente al total arreglo de la nueva Municipalidad.
Lo tendrá entendido el Gobernador del Estado, haciendo que se publique y se cumpla. Dado en Toluca, a 26 de marzo de 1847.- José del Villar y Bocanegra, Diputado Presidente.- Mariano Arizcorreta, Diputado Secretario.- Eulalio Barrera, Diputado Secretario”.

El Gobernador Francisco Modesto de Olaguíbel, publicó ese Decreto y, a través de la Secretaría General de Gobierno proveyó su exacta observancia.

En Mil Ochocientos Sesenta y Seis fue erigido el Municipio de Texcalyacac; en Mil Ochocientos Setenta el Municipio de Santa Cruz Atizapán; y posteriormente fue desprendido San Pedro Techuchulco que pasó a formar parte del Municipio de Texcalyacac, quedando desde entonces el Municipio de Almoloya del Río, compuesto únicamente por nuestro Pueblo.

El eminente Arqueólogo Román Piña Chan, en su obra “El Estado de México Antes de la Conquista”, sostiene que una de las características de los primeros asentamientos humanos en nuestra región, era que se localizaban en lugares ricos en plantas y productos agrícolas para garantizar su subsistencia; da cuenta en su trabajo, que en Almoloya del Río fueron halladas figurillas olmecas y olmecoides, así como figuras al pastillaje, por lo que incluye a nuestro pueblo dentro de las primeras comunidades sedentarias que aparecen en el Estado de México, lo que ocurriría alrededor de dos mil años antes de nuestra era.

“Frente por frente, en una altura, el caserío de Almoloya contemplando desde abierto balcón el dilatado espejo que brinda al cielo una laguna. Numerosas fuentes –nueve muy principales- brotan al pie de la colina, con alegre murmullo derraman el grueso de su caudal sobre la depresión que la tierra les ofrece: extenso vaso, cuna de naciente río, que, más adelante, ya en propio cauce, habrá de recorrer por mas de doscientas leguas a través de praderas, gargantas y collados, para, al fin, dar en el mar. Manso discurrir, alborozado a veces, añorando quizá, el maternal regazo: el diario milagro del alegre despertar.

El cielo tocándose al espejo, los sauces, en las orillas, peinando los remansos, en la fronda el alboroto sin par de los gorriones, en los juncares el cuchicheo de las acuáticas: ánades, gallaretas, agachonas…

Luminoso transcurrir de la mañana. Sobre la aparente inmovilidad de las aguas, el lento deslizarse de rústica embarcación colmada de verdura. En el hondo silencio el gotear acompasado de la pértiga o, por los charcos, el chapoteo de una rana. El viento de la siesta murmurando entre las cañas. A veces, en majestuoso descenso, rasgando el azul, una garza. Y, por tiempos, en el sereno atardecer, las interminables formaciones de patos silvestres que, desde regiones árticas, llegan en busca de invernal abrigo. Más tarde, millares de estrellas esperando en el alinde, temblorosas, el advenimiento del nuevo día”.

En ese paradisiaco escenario magistralmente descrito por el ilustre Adam Rubalcava, en su obra: “Un Río que ya no dará en la mar”, fundaron nuestros padres éste Almoloya del Río.

Estuvimos vinculados a Xalatlaco en la época prehispánica, a Metepec en la época colonial y a Tianguistenco en los primeros años del México independiente.

Nuestra historia está en las tradiciones. En la tradición oral que escuchamos como fábulas de nuestras abuelas y abuelos en torno del clecuil, o en el misticismo que nos infundieron hablándonos del milagro de la vida al sembrar la tierra o cosechar el maíz; o en la añoranza que delatada en su voz al describirnos las delicias gastronómicas que les prodigaban las aguas de nuestros manantiales y que ya no disfrutamos.

En las tradiciones que conservan nuestras mujeres al bordar en punto de cruz –ahora hermosas prendas de vestir-, y en otro tiempo chincuetes y ceñidores; en los cuatro locos, los moros, los arrieros, la promesa, el baile del toro y los locos en nuestras ferias.

En el recuerdo cada ocho de mayo de la llegada de San Miguel Arcángel, y desde luego, en cada festividad religiosa y en cada ceremonia cívica.

Cada persona es una historia. Historia personal, historia familiar, historia generacional. Por eso Almoloya del Río tiene tantas historias y tantos rostros, tantos recuerdos y tantas voces.

Cada generación de almoloyenses ha hecho historia; ha dado testimonio de su amor por nuestra tierra; ha empeñado su esfuerzo por lograr un mejor Almoloya para sus descendientes.

La nuestra es una comunidad con una larga tradición democrática. Aún recuerdo las asambleas generales en las que como auténticos ciudadanos, se discutía, se debatía, con respeto y tolerancia, y al final, se adoptaba y respetaba la decisión de la mayoría.

La unidad, la armonía, el respeto, la tolerancia, la solidaridad, el trabajo comunitario y el amor por nuestro entrañable Almoloya del Río, han sido los elementos que a cada generación, nos ha permitido aportar nuestra cuota para edificar el Almoloya de nuestros días.

A los ciento sesenta y seis años de vida institucional de nuestro Municipio, vale la pena reconocer lo mucho que hemos avanzada, pero también, los retos que tiene la comunidad actual.

Pensar en grande y hacer en grande como plantea el Gobernador Eruviel Ávila, tiene que ver en el enorme reto de lograr condiciones de alimentación, educación, salud, trabajo, seguridad y bienestar para cada mexiquense, para cada almoloyense.

Hemos dejado de ser el pequeño pueblo en que crecimos muchos de nosotros, para convertirnos en una comunidad más compleja y diversa; por eso es mayor el reto de nuestras actuales autoridades y de la propia comunidad. Así como el influjo bienhechor del trabajo aprendido y transmitido por Don Benigno Reyes, brindó a nuestros paisanos la oportunidad de encontrar nuevos horizontes ante la pérdida de la Laguna de Chignahuapan, hoy tenemos que renovar la solidaridad y reaprender que en la unidad, el respeto y el trabajo está la base de la historia que nos toca escribir.

La historia es maestra de vida. Nos enseña de lo que los seres humanos somos capaces, y nos permite advertir los errores del pasado para que los evitemos.

Cada persona es una historia. Historia personal, historia familiar, historia generacional. Escribamos la historia que nos corresponde.




  


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